Todo empezó en 1956. En realidad, me rectifico. Todo empezó mucho antes, cuando un flamante ingeniero civil dinamarqués, graduado en la Universidad de Copenhague, partió en un viaje cultural por Europa, cuyo primer destino fue Italia, país al que tanto admiraba por su riqueza artística. Y fue justamente al pasear por la catedral de Florencia, llena de obras admirables y una de las increíbles Pietà de Miguel Ángel, cuando el destino lo cruzó con una joven argentina (aunque de familia en parte italiana) que vivía en Rapallo y estaba en ese mismo momento en el Duomo.

 

Ella se ofreció de intérprete, ya que Paul Henriksen no hablaba ni entendía el italiano. Luego de un tiempo esta relación terminó en boda con Elvira Rezzo, quien hasta entonces se había dedicado a la biología marina en el observatorio de Génova y al estudio de Bellas Artes.

 

Esa impronta europea, en particular danesa, que se basaba en una ética muy sólida, en la apreciación de la cultura, en el reconocimiento al esfuerzo realizado, en la importancia de la solidaridad para con los demás… se proyectaría hacia el futuro.

 

Instalados primero en Dinamarca, luego emigraron a los Estados Unidos, sitio donde nació Annelise Inés, y finalmente se radicaron con su pequeña hija de dos años en Buenos Aires, donde estaban parte de las raíces de Elvira. En este país Paul Henriksen se dedicó a su profesión mientras que su esposa se convertía en pintora. La pequeña hija, creció, realizó sus estudios en la Universidad de Buenos Aires y se recibió de Profesora en Pedagogía (hoy llamada Ciencias de la Educación), una carrera que recién iniciaba su andadura pero por la que sintió desde el comienzo una gran atracción. A la vez la música, que impregnaba la casa de la familia, sobre todo la música clásica europea, dejó su impronta. Annelise, muy influida asimismo por el nacimiento del Collegium Musicum de Buenos Aires, se dedicó a dar clases de iniciación musical a grupos de niños de edades tempranas.

 

Una vez arraigado en Buenos Aires, Paul Henriksen aprendió a amar a este joven país, al que por contraste con la vieja Europa, le faltaba mucho por crecer. Ya sólidamente consolidada su empresa, y con parte de su tiempo libre, decidió que era el momento indicado para devolver a su país “adoptivo” algo de la mucha felicidad y prosperidad que este le había brindado. Influido por la carrera estudiada por su hija, pensó en su patria de origen: ¿cuál era la base de la sociedad dinamarquesa, aquello que le permitía crecer sin pausa, mantener firmes sus valores, mejorar permanentemente en todos los sentidos, situarse a la par de los otros países europeos a pesar de su pequeño territorio continental e insular? Paul Henriksen no dudó: la educación, otro aspecto destacado que enlazaba a padre e hija. Juntos lo planificaron y juntos lo ejecutaron: fundaron en 1956 un colegio muy pequeño, con muy pocos alumnos de Jardín de Infantes, en una vieja casa de la calle Canning, a metros de la avenida Figueroa Alcorta, cuya directora sería la joven profesora especializada en educación. Y a la hora de ponerle nombre, primaron una vez más los valores con los que se había formado: el respeto, la honestidad, la solidaridad, el esfuerzo por mejorar, el trabajo continuado. Encontraron ambos un ejemplo en la historia: la de Pierre du Terrail, señor de Bayard. Un caballero francés que luchó bajo las órdenes del rey de Francia en la segunda mitad del siglo XV, a quien las crónicas llamaron “el caballero sin miedo y sin tacha” (sans peur et sans reproche) en reconocimiento a su valor, su caballerosidad, su respeto tanto por los amigos como por los contrarios, admirado por unos y por otros.

 

Así nació el Colegio Bayard, y creció de a poco, con una educación personalizada, con un ambiente de gran calidez y con avidez por la innovación educativa, aspectos que al día de hoy siguen siendo parte su ideario. La casa de la calle Canning quedó chica, se compraron dos terrenos: uno sobre Castex que conectaba con otro sobre Salguero. Se comenzó rápidamente la construcción de un edificio moderno, con todas las novedades arquitectónicas adecuadas para un centro de enseñanza y un equipamiento especializado muchas veces traído de Europa, y allí se mudaron los niños que ya no eran solo de Inicial sino también de Primaria. Luego llegó el momento en que hubo que empezar a pensar en el Secundario, ya que la primera camada de alumnos había llegado a segundo año. Se alquiló en 1965 y temporalmente, una casa en Coronel Díaz que pudiera albergar a esos dos cursos, mientras se iniciaba la construcción de un nuevo edificio en Salguero. En él se instaló el Secundario y se graduó la primera promoción de Bachilleres en Ciencias y Letras en 1968.

 

Desde entonces el Bayard siguió creciendo, agregando el bilingüismo (inglés) y más tarde una segunda lengua adicional (francés). Con un sesgo muy marcado por el Arte, por la Tecnología, insistiendo siempre en la seriedad académica, en la innovación, en la creatividad, en los valores. Y se ganó su lugar como uno de los colegios privados más prestigiosos de la Ciudad de Buenos Aires.

 

Este año cumplimos 60 años y ratificamos una vez más los ideales de sus fundadores: formar jóvenes con una educación de calidad, con competencias amplias atentas a los tiempos cambiantes, con sólidos valores, en un ambiente de calidez y de armonía.

 

Con motivo del 60 Aniversario creamos un logo en el que quedan plasmados los pilares fundamentales de nuestra trayectoria a través de la pincelada con los colores de la bandera danesa.

 

                                                                                                                                                                                                                                                Prof. Patricia de Forteza
                                                                                                                                                                                                                                 Asesora General.